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BACKSTEINE III

Proyecto: Intervención

Ubicación: Galería Erstererster, Berlín, Alemania, 2017

Arquitecto: Tomás García de la Huerta

Sonido: Edgardo Gómez

Video: Sebastián Pose

Texto: Juan Pablo Almarza Anwandter

Agradecimientos: Xaviera Gleixner

“(…) Ante el ángel no puedes jactarte de tu propio esplendor;
en el universo, donde él, más sensible, siente, eres
un novato. Por esto, muéstrale lo sencillo,
lo configurado de generación en generación, lo que
como cosa nuestra vive junto a la mano y en la mirada.
Dile las cosas.”

R.M. Rilke, Elegías del Duino, IX.

 

A través de esta evocativa imagen, Rilke nos entrega indicios respecto a lo propio de nuestra condición humana, en comparación con el dominio celestial de los ángeles. Ante su mirada, proyectada desde la atemporalidad del Absoluto, el mundo tridimensional y sus entes aparecen quizá con la nítida claridad de unos diagramas trazados en una hoja en blanco, dispuestos de una vez y para siempre. Pero nosotros, mortales, estamos condenados a desplegar nuestra existencia como un transcurso que se debate dentro de los límites de las tres dimensiones del espacio y en la profundidad del tiempo como experiencia del devenir. Ciertamente, ante los ángeles somos unos “novatos”. Pero poseemos una riqueza, un patrimonio exclusivo: la experiencia sensible de la materia. A través de su obra “Backsteine”, Tomás García de la Huerta nos propone una aproximación directa a la riqueza implícita en la materia, y al espacio y tiempo por ella conformados, tanto a nivel experiencial como simbólico.

El elemento primordial utilizado en esta instalación es el ladrillo. Probablemente, entre las múltiples “cosas” que nos rodean en lo cotidiano, el ladrillo sea una de las más simples y elementales, pasando siempre casi desapercibido como elemento individual. Un ladrillo es básicamente una concentración de materia continua, una ocupación de espacio sin revés. Sin embargo, el ladrillo no se agota en su tridimensionalidad material. El posee una cuarta dimensión, un espesor agregado: el tiempo.

Para el caso de esta instalación, esta coordenada sutil tiene una especial significación, pues los ladrillos han sido recolectados desde las calles, demoliciones y cementerios de Berlin.

Una ciudad cuya historia nos habla de procesos cíclicos de construcción, destrucción y reciclaje, procesos que se hayan impresos en estos ladrillos, al modo de un relato físico. Dispuestos en forma de muros y límites, ellos han constituido el silencioso marco que ha otorgado a sus habitantes la medida de su propia dimensión espacio-temporal. Ellos son el discreto fondo contra el que sus vidas se han proyectado, como escenas. Ellos son el soporte del peso, y también de la memoria, “configurada de generación en generación”. Es por ello que en Backsteine, a través de un cuidadoso proceso de recolección y re-disposición, el artista construye no solo una agregación de elementos constructivos, sino más bien un mosaico espacial de memorias vivientes.

A través esta instalación, ellas son traídas a presencia para vivir una nueva historia. Dispuestas espacialmente en la forma de un cilindro, ellas vuelven a hablar el lenguaje de los arquetipos inmemoriales de la Arquitectura. Ordenadas en torno a un centro de luz, nos remiten a nuestra propia dualidad entre cuerpo y espíritu. Abiertas a la posibilidad de ser manipuladas e intervenidas por el observador, hacen presente el carácter transitorio y mutable de la existencia, susurrando las palabras de Heráclito: Panta Rei, todo fluye. Dispuestas ante la mirada y entre las manos, nos recuerdan que nuestra experiencia fenoménica del ser en el mundo es una articulación permanente entre el ser espectadores y actores de la realidad. Visualizadas en video desde un punto de vista aéreo, nos insinúan también que junto a nosotros y nuestras cosas, desde un centro invisible, los ángeles nos observan, con infinita curiosidad… y quizá también con un poco de envidia.

Juan Almarza Anwandter

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